Sabíamos que aquella sería nuestra última noche juntas, por eso quisimos hacerla eterna. Después de correr como locas bajo la lluvia, subimos a casa y nos metimos en la cama, calentitas a seguir charlando. Estuvimos horas tumbadas, abrazadas, las piernas mezcladas y anudadas todas entre sí, sin soltarnos de la mano, sin parar de hablar y entre medias, besos varios volando de aquí para allá, saboreando por última vez... Así, hasta que el reloj nos obligó a cerrar lo ojos.
Al salir el sol, me mantuve impasible: negué cualquier movimiento a mi cuerpo pues debía salir de la habitación sabiendo que no volvería. Por fin logré levantarme; todo lo que hice después fue con máxima lentitud para evitar que pasara el tiempo. Una vez preparada, cuando ya no me quedaban excusas suficientes para quedarme ahí, te fui a ver, me quedé un momento tumbada frente a ti, en la misma postura fetal que la tuya, mirándote, observando esa cara de niña buena que se te pone al dormir, tan dulce. En mi mente, te besé innumerables veces por innumerables sitios y me despedí en silencio. En la vida real te di un beso en los labios, luego te dije: 'Amor, me voy'. Tú me contestaste: 'Vale' desde tu más profundo sueño, te diste la vuelta y ahí te dejé. Como habíamos acordado.
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